¿Qué Significa Perdonar?

Por: José Luis Salinas Orozco.

Escribo esta breve reflexión debido a una situación personal y considero puede ser relevante para otros. Definitivamente, no soy una autoridad para hablar de perdón, pero esta situación me hizo reflexionar sobre las ideas mundanas y poco bíblicas que tenemos acerca de esta importante doctrina.

La Situación

Alguien me ofendió. Realmente, yo no lo percibí así, en ningún momento me sentí ofendido. Pero esta persona sí creyó ofenderme. Posteriormente, se acercó a pedirme perdón. Le dije que sinceramente no creo que me haya ofendido. Pero la persona insistió. Le dije no tuviera cuidado, no había resentimientos. Pero siguió insistiendo, seguramente se sintió muy mal por la situación. En tono de broma le dije que iba a pensar en algo en que pudiera compensarme. Aunque la persona es mi amiga, no le agradó mi comentario; e inmediatamente me dijo que ya había cumplido con pedirme perdón, pero más allá de eso, no haría nada.

Esta situación me hizo reflexionar sobre la naturaleza del perdón y las ideas equivocadas que tenemos sobre este tema ¿Qué significa perdonar? ¿Qué implica perdonar? ¿Qué es pedir perdón y qué es dar perdón?

Definición

Como empezaremos tomando en cuenta la idea mundana del perdón, sería adecuado ir a donde van todos (sean cristianos o no) para buscar una definición:

«Remisión de la pena merecida, de la ofensa recibida o de alguna deuda u obligación pendiente»[1]

La remisión de la pena significa quitar el castigo, deuda u obligación que merece la ofensa. Si le debes dinero a otra persona y te perdona, ya no estás en la obligación de pagarle. Si chocaste el vehículo de otra persona y te perdona, ya no estás en la obligación de reparar el daño.

Esta definición definitivamente no está equivocada. Perdonar implica quitar la obligación de reparar el daño o la deuda, pero hay mucho más detrás del concepto que tiene que ver con nuestras actitudes y las implicaciones del perdón.

La naturaleza perdón

El perdón se da en una situación específica en la que existen dos partes y una daña a la otra. Una parte es afectada por la otra. Una parte afecta de manera negativa a otra.

Alguien que es asaltado en la calle es afectado de muchas maneras. Pierde sus pertenencias, pierde la paz, pierde el tiempo restituyendo lo que perdió, pierde dinero comprando nuevas pertenencias, etc.

Si el ladrón se arrepintiera de lo hecho y pidiera perdón, el daño ya está hecho. Podría devolver las pertenencias, pero no puede restituir la paz, ni desvanecer automáticamente las penas y angustias vividas, ni todo lo demás que tuvo que pasar por culpa de ese evento.

El pedir perdón no restituye todo el daño. El pedir perdón no es una barita mágica que restaura todo. El pedir perdón no es una pastilla que cura el mal realizado. Humanamente, entonces, es imposible restituir adecuadamente el daño provocado.

Si pudiéramos colocarlo en términos monetarios, si alguien te roba diez monedas y tú lo perdonas. La deuda no queda en cero ¡tú perdiste diez monedas! De la misma manera, el perdón no es colocar las cuentas iguales, el otorgar perdón significa que tú asumes la deuda y los daños. Y el pedir perdón es reconocer que esta persona está asumiendo la deuda y los daños que no podemos restituir. Esto debe ponernos en perspectiva.

Cuando nosotros violamos la ley de Dios, nos hacemos ofensores de Él. En nuestra condición sin Él, nosotros no solo somos indiferentes y ajenos a Él, somos ofensores y quebrantadores de sus normas. El problema, como sucede con el ejemplo, es que la restitución requiere una pena y castigo infinitos. Pero Dios decide perdonarnos. Dios decide cargar sobre sí mismo nuestra pena y asumir nuestra deuda.

El Hijo de Dios, verdadero hombre, decidió ofrecerse, aun cuando no habíamos siquiera pedido perdón a Él, saldar esa deuda y pagar esa ofensa. Por medio de la fe, Cristo nos ofrece gratuitamente el perdón, un perdón que es gratuito para nosotros, pero que fue infinitamente costoso y oneroso para Él, ya que le costó el sufrimiento y la vida.

Entendemos en el perdón de Cristo hacia nosotros, el perdón entre nosotros humanos. El perdón de Cristo nos libera, pero también nos enseña. Nuestra deuda ya ha sido pagada completamente y para siempre, pero un corazón perdonado no puede hacer menos que imitar a quien lo amó. Por lo cual, tres ideas sobre el perdón.

  • Perdón y Arrepentimiento.

El perdón tiene una implicación moral. La implicación moral del perdón es la vergüenza de lo realizado. La implicación moral de pedir perdón es el arrepentimiento por el daño realizado. El reconocimiento que se ofendió o lastimó a alguien más se debe reflejar en la actitud del perdón:

«Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra». 2 Crónicas 7:14

La Palabra de Dios claramente nos dice que debemos acompañar nuestros sentimientos de nuestras palabras y acciones. Dios concede el perdón de pecados a quienes han reconocido la gravedad de sus faltas de tal forma que les incomoda y les pesa en espíritu.

Muchos se acercan a pedir perdón con soberbia, pretendiendo que los otros tienen la obligación de perdonarlos. Incluso, muchos se enojan porque no siempre reciben el perdón que creen merecer. Lejos de humillarse, humillan a quienes no los perdonan. Realmente, esta actitud no es pedir perdón, es querer limpiar su conciencia de algo que los incomoda.

Por otro lado, no es lo mismo arrepentimiento que remordimiento, ni autocompasión. El sentimiento adecuado es por el daño hecho, no por las repercusiones personales como si el problema ocasionado fuera más un daño propio que ajeno. Esto solo demuestra que nuestro “arrepentimiento” es solamente un sentimiento egoísta.

  • Perdón y Resarcimiento.

Además de la obligación moral, el pedir perdón tiene una implicación material. El perdón es la liberación de la pena y de la deuda. Sin embargo, un corazón humillado y dolido por la falta que hizo, buscará resarcir, de alguna forma, el daño. Quiero ser muy cuidadoso con esto. No todas las penas y deudas, como vimos, pueden ser pagadas completa y perfectamente. Así que cuando sugiero resarcir es en un corazón que se siente apremiado por el amor de Cristo que resarció la justicia del Padre.

«Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama. Y a ella le dijo: Tus pecados te son perdonados». Lucas 7:47-48

Vemos, entonces, en la figura de la mujer adúltera el deseo de ser sierva de aquel quien la perdonó. La mujer lavaba los pies de su Salvador, realizaba el oficio de un esclavo, en gratitud a quien perdonó su deuda. La mujer estaba libre y no debía ya nada, pero usó su libertad para pagar a su maestro con su amor y devoción.

De modo que, al momento de nosotros pedir perdón, no debemos hacerlo en una actitud de cruzar unas palabras para estar a cuentas y calmar nuestra conciencia. En la medida de lo posible, tratemos de resarcir el daño que hicimos. Vea como Cristo alaba al corazón que resarce tangiblemente desde la profundidad del amor de Dios:

«Entonces Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: “Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguien, se lo devuelvo cuadruplicado”. Jesús le dijo: “Hoy ha venido la salvación a esta casa, por cuanto él también es hijo de Abraham”».

Jesús no le dice: «¡¿Qué haces?! Ya no tienes deuda, fuiste perdonado. No le debes nada a nadie». ¡No! Cristo alaba el corazón agradecido de Saqueo que busca resarcir en amor (y dentro de su poder) a quienes dañó tangiblemente cuando era impío.

  • Perdón y Asunción

Perdonar implica asumir la deuda como Cristo asumió la nuestra. No perdonas cuando quieres hacer pagar a la persona por todo el daño, especialmente, cuando esa actitud está llena de amargura y resentimiento. Dios no pasó por alto nuestros pecados, Él mismo pagó el precio y asumió el daño. Él perdió su vida por nuestra culpa, y lejos de cobrarse el daño, nos amó.

«El volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados». Miqueas 7:19

«Yo, yo soy el que borro tus transgresiones por amor a mí mismo, y no recordaré tus pecados.» Isaías 43:25

Evidentemente, Dios no se provoca amnesia, ni tampoco pretende que nosotros la tengamos. El punto está en que, si recordamos el mal que nos hicieron, podamos evitar la amargura, y recordar el amor de Cristo, de la misma manera en que el Padre se complació en su vida y sacrificio.

Conclusión

En ninguna manera yo le reclamé resarcir (fue una broma que le dije), ni condicioné mi perdón que de hecho consideraba innecesario. La idea del «perdón» que tiene el mundo es muy a conveniencia, y no somos exentos de creer las mismas mentiras. En este caso, se tenía una idea de obligación de perdón, no de buscar perdón; no de arrepentimiento, sino de calmar la conciencia; no de resarcir, sino de obligar al otro a pronunciar unas palabras liberadoras.

No puedo decir que esta situación fue poco provechosa, la utilicé para compartir y explicar el Evangelio de Cristo. Explicar y compartir el Evangelio a partir de las ideas equivocadas del mundo, es importante para encontrar ocasiones: solamente hace falta reconocer estas ideas. Mientras compartía oraba porque este Evangelio hiciera sentido y proveyera un verdadero alivio a su alma, en lugar de un placebo temporal a su conciencia. Oro también para que los cristianos sepamos cómo aprovechar estas situaciónes.


[1] Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. Dle.rae.es/perdón.

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